Bodas de Caná
Juan 2.1-10

Comentario

Este es el primer milagro de Jesús que encontramos en los evangelios y uno de los pocos -sólo siete- del evangelio de Juan. Jesús acababa de conocer a sus primeros discípulos y Juan era uno de ellos. Por eso sabía muy bien lo que escribía.

A veces, los que les cuesta creer en los milagros, dicen que los evangelios están escritos en un lenguaje simbólico, que significan algo diferente de lo que leemos en ellos. El lenguaje de este milagro no puede ser más sencillo: “Ya no tienen vino”, dijo María; y después de obedecer las instrucciones de Jesús, “el encargado probó el agua convertida en vino”.

Las bodas, en aquellos tiempos, duraban entre cuatro días y una semana. Por eso, quedarse sin vino, habría aguado la fiesta. María, atenta a las necesidades de los novios, se percató de que el vino se terminaba y pidió a su hijo que la ayudase. La respuesta de Jesús es enigmática: “Mujer, ¿por qué me lo dices a mí? Mi hora aún no ha llegado.”

María quizá pensaba que había llegado la hora de que su hijo mostrara su poder ayudando a los demás como un rey noble y generoso. A lo mejor Jesús quería hacerle entender que su grandeza no tenía nada que ver con la de los reyes de este mundo. Lo siento, la hora de gloria que esperas para mi, tardará aún unos años en llegar, ¡y será muy distinta de como la imaginas!

Pero la hora del milagro sí que había llegado, porque sino, Jesús no lo habría hecho, por mucho que se lo pidiera su madre. Por eso María supo, por el tono de voz y la mirada de su hijo, que Jesús ayudaría a sus amigos. ¿Qué madre no sabe leer los pensamientos de su hijo sólo mirándole a la cara?

Y María dijo: “Haced lo que él os diga”. La servidumbre obedeció a Jesús, a pesar de no entender lo que se les pedía. ¿Para qué llenar aquellos recipientes de agua si lo que faltaba era vino? Pero obedecieron, como a menudo también obedecemos nosotros, a regañadientes y confiando plenamente en Jesús.

El jefe de servicio probó aquella agua convertida en vino y le pareció muy bueno. Y el milagro, que María quizá esperaba que despertara la admiración de los invitados, sólo fue conocido por los sirvientes, los discípulos y la madre de Jesús, porque aún no había llegado su hora.

Con aquel milagro, Jesús actuó como Dios Padre, que cada año hace que la naturaleza, a través de los viñedos y la maduración al sol, convierta el agua en vino. Jesús sólo hizo, a pequeña escala y en un instante, lo que su Padre hace cada año por nosotros, amorosamente y medio a escondidas.