Jesús camina sobre el agua
Mateo 14.22-33

Comentario

Después de multiplicar los panes, por la tarde, viendo Jesús que sus discípulos no habían encontrado el descanso deseado en aquel sitio apartado, los mandó de vuelta a Cafarnaún con la barca. Él ya se encargaría de despedir a los cinco mil hombres y a sus familias. Una vez hecho, subió a la montaña para rezarle a su Padre. No habría para Jesús una habitación retirada donde encerrarse bajo llave. Su única habitación sería la montaña solitaria y por techo tendría el cielo nocturno estrellado y como lumbre la luna. Pero incluso en la oración, en la íntima comunión con su Padre, Jesús continuaba velando por sus amigos. Y desde lo alto de la montaña, a la luz de la luna que iluminaba el lago, Jesús vio como sus discípulos luchaban con los remos contra el viento y el oleaje. Interrumpió el diálogo con el Padre para ayudar a sus amigos; bajó de la montaña.

Después de la plegaria de la transfiguración, después de la más íntima comunión con Dios Padre, Jesús bajó de la montaña y expulsó a un espíritu impuro que sus discípulos no habían conseguido dominar. Después de la plegaria que siguió a la multiplicación de los panes, Jesús bajó de la montaña en una unión tan íntima con su Padre que la naturaleza se sometió a su creador y Jesús caminó sobre las aguas. Y allí dónde el hombre celestial mostró la nueva relación con la naturaleza que un día todos habremos de tener, los discípulos sólo vieron un fantasma.

“Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Y por un instante Pedro no tuvo miedo, confió, y él también andó sobre las aguas. Jesús, el hombre de la nueva creación, enseñaba a caminar, cual niño, a Pedro, el hombre de la antigua naturaleza. Y, vacilante como los niños, Pedro dio sus primeros pasos en la nueva naturaleza, confiando en Jesús como un niño confía en su padre cuando empieza a andar. Y, tal y como los niños, cuando Pedro desvió los ojos de Jesús y vio el vendaval, dudó y empezó a hundirse. Como un padre paciente que no permite que su hijito se caiga, Jesús tendió la mano y agarró a Pedro. Y el viento se detuvo, la lección había terminado.

No llegaron a subir a la barca, nos dice Juan, y en seguida la barca llegó a tierra, en el sitio donde se dirigían. Es un milagro que puede pasarnos por alto: de estar en medio del lago se encontraron, de repente, en la orilla. Aquella noche no continuaría la lucha con el lago. La nueva naturaleza, sumisa, los haría llegar a puerto en un instante.