Llamada de los discípulos
Mateo 4.23,17; Lucas 5.1-11; Mateo 9.9-13;10.1-4

Comentario

En los evangelios encontramos dos pescas milagrosas: la primera tuvo lugar cuando Jesús llamó a sus primeros discípulos y la segunda cuando se les apareció por tercera vez después de resucitar. Éste fue el último de los siete milagros que narró Juan en su evangelio. Él estaba en la barca y, viendo el milagro, reconoció a su Señor.

En el primer milagro, los discípulos habían estado afanándose toda la noche sin pescar y Jesús les pidió que echaran las redes para pescar. A pesar de que Pedro pudiera dudar de les habilidades de Jesús como pescador, no dudó de su palabra y obedeció. Pescaron tanto que las redes se resquebrajaban. Estaban solos, lejos de la gente.

Cuando Pedro vio la naturaleza obedeciendo dócilmente la voluntad de Jesús, fue consciente de sus faltas y su pequeñez y se postró a los pies de Jesús: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Pedro, como el centurión, no se sentía digno de la presencia de Jesús en su barca, pero con la palabra de Jesús bastaba para salvarlo: “No tengas miedo. Desde ahora vas a pescar hombres”. Él, que quería que Jesús se apartase, reconociendo sus pecados, se convirtió en el hombre que tendría más cerca; estaba a punto de ser pescador de hombres.

En el segundo milagro, Jesús ya había resucitado y, al llamar a sus discípulos des de la orilla, ellos no le reconocieron. Tampoco le reconocieron María Magdalena ni los discípulos de Emaús. Los pescadores, sin saber quien les daba las instrucciones, echaron las redes y no podían con ellas de tanto pescado como había. Sólo ellos vieron aquel milagro repetido, pero hizo que Juan le reconociera. El Señor había querido que los discípulos pescadores lo reconocieran haciendo su trabajo, que los discípulos de Emaús le reconocieran al partir el pan compartido y que María Magdalena le reconociera cuando pronunció su nombre. Lejos de la gente.

Y entonces, Pedro, que llevaba en el corazón haber negado tres veces a Jesús, en vez de pedirle que se apartase de él por su pecado, ahora que le conocía de verdad, saltó al agua para acercarse a Jesús. Sabía que él le esperaba, que lo acogería y que limpiaría el peso que llevaba en el corazón. Y Pedro, Juan y los otros cinco, almorzaron con Jesús cerca del lago al alba, lejos del bullicio de la gente.