Marta, María y Lázaro
Lucas 10.38-42 ; Juan 11.1-50; Juan 12, 1-8

Comentario

Mientras Jesús acompañaba a Jairo a su casa, su hija murió; Jesús se había detenido para atender a la mujer con hemorragias. En el caso de Lázaro, sin embargo, Jesús retrasó conscientemente el viaje a Betania para dejar que muriera. Tenía una lección que dar a sus amigas y a los que las acompañaban: les quería mostrar qué era la muerte para los que creían en él y quería hacerlo con hechos, no con palabras.

Jesús hablaba de los muertos como si durmieran. Los discípulos no lo entendían y Jesús les tuvo que aclarar que Lázaro estaba muerto. Para Jesús la muerte no es el final, solamente el sueño del que él nos despertará: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarle.” Las palabras de Jesús no son solamente para los discípulos, sino para cada uno de nosotros, sus amigos. La gloria de Dios no es solamente la vuelta a la vida de Lázaro, sino la resurrección de cada persona muerta.

Marta era más atrevida que Jairo porque era amiga de Jesús y le recriminó su retraso: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” A pesar de todo, no se rindió: “Pero aun ahora yo sé que Dios te dará cuanto le pidas.” Marta sabía muy bien lo que pedía, y Jesús también. Pero la respuesta que recibió no le gustó: “Tu hermano volverá a vivir.” Marta ya sabía que Lázaro resucitaría al fin de los tiempos, pero aquello no la consolaba.

Cuando Jesús vio como María y sus amigos lloraban, se conmovió profundamente y lloró. No lloró por Lázaro, que estaba a punto de despertar de la muerte. No lloró por las personas que mueren, que Dios Padre despierta de la muerte. Lloró por el sufrimiento humano ante la muerte, porque la oscuridad se extiende entre los hombres y Dios, y nos hace ver la muerte como el más terrible de todos los males.

Jesús rogó en voz alta para ayudar a los que le rodeaban a entender que lo que verían sería obra de Dios. Aquel milagro justificaría las palabras de Jesús y les ayudaría a creer en él. La voluntad de Dios Padre es que todos volvamos a la vida: en todos los milagros Jesús nos muestra de cerca y a pequeña escala, lo que Dios hace continuamente por los hombres, a pesar de que no lo veamos. El regreso a la vida de Lázaro fue la forma más sencilla de contarnos que Dios despierta a cada persona que muere a una vida mejor.

Jesús sanó a muchos enfermos, pero sólo devolvió a la vida a tres personas. Lo hizo para contarnos que la inmortalidad que nos espera es mejor que la vida que tenemos ahora y que es necesario pasar por la muerte para alcanzarla. Necesitamos a la muerte para que Dios limpie nuestros pecados y enfermedades y pueda hacernos renacer a la vida plena que, des del principio de los tiempos, nos tenía preparada.