Plegaria en el monte de los olivos
Mateo 26, 30-31; Lucas 22, 47-53

Comentario

Jesús rezaba intensamente en el monte de los olivos y su sudor era como gotas de sangre. Los discípulos, de tan tristes, dormían. Llegaron los guardias y los soldados con garrotes y espadas, y Judas besó a Jesús. Los discípulos, desconcertados, pidieron instrucciones al maestro: “Señor, ¿atacamos con espada?” La respuesta llegó tarde: “Dejadlo. Ya basta”. Pedro, impaciente, de un mandoble había cortado la oreja derecha del sirviente del gran sacerdote.

¿Se esconde aquí otro milagro? La espada se desvió y sólo cortó la oreja derecha. El que tenía que ser pescador de hombres no sería un asesino. Jesús, que podría haber pedido a su padre que le mandara doce legiones de ángeles para defenderlo, miró al hombre que tenía delante, lo compadeció, le tocó la oreja y lo curó. Aquel sirviente se llamaba Malco.

¿Acaso no habíamos dicho que para que Jesús pudiera hacer un milagro tenía que haber fe? La fe del enfermo o, al menos, la fe de las personas que lo pedían a Jesús. ¿Dónde estaba aquí la fe? No lo sabemos. Nuestros esquemas siempre se quedan cortos cuando queremos explicar a Jesús.

No hemos sabido nada más de Malco. Quizá, sin aquel milagro, se habría hablado mucho de él: habría sido un recordatorio viviente de la violencia de los seguidores de Jesús, particularmente de aquél que tenía que ser la piedra de su iglesia. Quién sabe si Jesús, que sabía lo que Pedro tendría que sufrir des de sus negaciones hasta que Él, resucitado, iría a su encuentro, no quiso que, por añadidura, tuviera que cargar con aquella herida.

Volvamos a Malco: Jesús lo tocó. La mano de Jesús curó a aquél que era la mano derecha del gran sacerdote que le llevaría a la tortura y a la muerte. ¿Devolvió Jesús la oreja a su sitio o sólo curó la herida para que Malco recordase siempre la noche en que se encontró con Jesús? No lo sabemos.

Aquel hombre se llamaba Malco. Los evangelios siguen el camino de Jesús a la casa de Anás. Nada sabemos del camino de Malco. No sabemos si, después de sentir el contacto de quién era la vida, se separó del grupo, avergonzado o arrepentido, o si siguió al grupo. No sabemos si el golpe de espada que le propinó Pedro fue la forma de la que Dios se sirvió para cambiarle la vida. Todos somos Malco: en algún momento de nuestras vidas Jesús nos toca. No sabemos lo que hizo Malco, pero sabemos lo que nosotros podemos hacer.