Transfiguración de Jesús
Mateo 17.1-9

Comentario

Después de anunciar por primera vez a sus discípulos que le matarían y que resucitaría al tercer día, Jesús subió a la montaña a rezar. No había habitación suficientemente retirada para preservar su intimidad con el Padre.

Se llevó con él sólo a Pedro, Santiago y Juan, los amigos que le acompañarían al Monte de los olivos cuando la oscuridad lo cubriera todo. También la transfiguración tuvo lugar de noche. Los discípulos que se durmieron en Getsemaní también se rendirían al sueño en la montaña de la transfiguración. Los tres que habían visto como la hija de Jairo volvía a la vida, tenían que ver lo diferente que era la vida nueva que hay después de la muerte.

Jesús rezaba y buscaba consuelo en su Padre, viendo que la muerte se acercaba. La plegaria fue tan intensa, su unión con Dios tan íntima, que todo su cuerpo se transformó, se transfiguró. La luz de su espíritu no podía ser detenida por su cuerpo. Tan grande era la luz que emanaba de él, que hasta sus humildes ropas brillaban.

Los tres discípulos pudieron ver, por un instante, el cuerpo de Jesús resucitado. Un cuerpo glorioso, lleno de la presencia de Dios, lleno de luz. Éste es el milagro de la transfiguración. También los cuerpos de Moisés y Elías irradiaban luz, vivían ya en plena comunión con Dios.

Por eso Pedro, sintiéndose tan bien en plena unión con Dios, quiso retener aquel instante. Pero Jesús todavía tenía que morir para rasgar la cortina de la muerte que separa esta vida de la vida nueva. Para que también nosotros podamos brillar con la misma luz cuando Jesús nos despierte del sueño de la muerte. Jesús es el hombre de la nueva creación que quiso mostrar a sus amigos lo que está por venir, para ellos y para todo el mundo. Lo que hará la unión con Dios en el cuerpo de cada persona.

Y la nube luminosa los cubrió. Todo era luz. Dios tenía que responder ante Moisés y Elías y ante los discípulos la pregunta que Jesús había formulado: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. La respuesta de Dios Padre es la respuesta definitiva sobre su Hijo: “Éste es mi Hijo, mi elegido; escuchadle”. Elegido para morir para darnos una vida nueva, él que era la luz del mundo e iluminaría a todos los hombres.

Cuando la voz de Dios acabó de hablar, la nube se disipó. Jesús aún debía resplandecer, en la noche. La luz debió desvanecerse con la salida del sol, mientras bajaban de la montaña. Su último rayo aún tendría que liberar al chico